Hoy
amanecí entre medio de muchos granitos
de arena…. Iguales a mí. Estamos todos mojados por un mar salado. Sus olas
vienen y van. Desde mi lugar puedo ver hermosos peces de colores, delfines,
ballenas, algas y corales. Un hermoso paisaje.
De
repente sus olas comienzan a movernos incesantemente. Cada vez veo más cerca el
sol. Comienzo a sentir como me rozan los pies de una persona. Me aferro a ellos
y me llevan hacia la orilla. Es asombrante la cantidad de personas que hay,
seguramente estoy en un lugar turístico y en pleno enero.
Me
detengo a observar todo lo que allí ocurre. Personas jugando al tejo, al tenis
y al futbol. Otras venden todo lo que se pueda imaginar: helados, panchos,
choclos, licuados, ropa, lentes, cd’s.
Los
adultos toman sol y mate, leen libros y revistas, o simplemente observan el
paisaje.
Los
niños juegan a armar castillos e arena, corren saltan, se los puede notar
felices. Con sus baldes se acercan a la orilla a buscar agua. En una de esas
corridas para abastecerse me subo a su
balde y allí voy!! Entre salpicón y salpicón, llegamos al castillo. Es
gigante, muchos niños participaron de su
armado, pero entre ellos una hermosa niña pequeña: Lola. Yo puedo sentir que, a
diferencia de los otros, ella me percibe, me aprecia. No sé por qué, pero así
lo siento. Cuando la veo acercarse al balde
empiezo a ser un solo latido, todo corazón, cómo si alguna vez ella
hubiese latido dentro mío. Al fin ella
me toca con su dedo índice, me acaricia, no se anima a besarme. Sospecho
que tiene miedo de soplarme y perderme. Audazmente me coloca en un tubito de
vidrio, lo cierra bien y me coloca entre sus objetos favoritos. Desde allí
puedo verla crecer, aprender, jugar, soñar.
Nunca
volví a ese mar. Sé que él no siente mi ausencia, pero estoy segura que Lola
sí. Me quedaré en este lugar contemplándola y dejaré que cada vez que me necesite
reciba de este humilde granito de arena,
lo mejor.

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