Soy tan diminuta
que ni yo me puedo ver. No existe espejo
que refleje mi tamaño por lo tanto, no
sé si estoy despeinada, descombinada o con cara demacrada. Igual no me
interesa porque los demás no me
pueden ver. Y yo… ¡ yo estoy tan feliz
así! Porque me siento libre. Cuando salgo todo es tan inmenso así
que sufro mucho desgaste
físico, ya que trepar y saltar se convirtieron en un ejercicio habitual.
Mi dìa comienza tan
temprano, que cuando estoy cansada me detengo y tomo un sorbo de gota de rocío,
fresca transparente, pero sólo un sorbo, con eso me basta.
Una ventaja de ser
tan pequeña es que nunca llego a estar bronceada, ya que todo a mí alrededor me
hace sombra. Pero no importa, lo soluciono con una pizca de autobronceante Otra es que nadie me escucha y por momentos
tengo tantas ideas brillantes que no puedo compartir o a veces necesito un
consejo y nadie me lo puede dar.
Pero la ventaja de
ser casi invisible es que todo lo puedo escuchar sin que nadie lo note. De
algunas cosas me asombro, de otras
aprendo, con algunas me agarro la cabeza y otras… otras hago como si
nunca has hubiese escuchado.
Ahí surge una gran
controversia que a veces me angustia,
querer ser escuchada y no poder pero también no querer escuchar y tener que
hacerlo.
Todo lo que
vivencio lo escribo en mi bitácora, para recordarlo, quizás algún día cuando me
canse de trepar y me importe como me vean los demás me volveré visible.
Aunque nunca me decido ya que será a cambio de dejar de ser libre.

No hay comentarios:
Publicar un comentario